Tengo una aplicación en el móvil para acceder a mi cuenta de Bankinter.
Con ella puedo consultar el saldo. Hacer transferencias. Incluso pagarle cada mes a mi editora el blog que me lleva.
Todo bastante sencillo.
Si no fuera por mis dedos gordos y por ciertas dificultades —cosas del TCE— con eso que llaman coordinación fina.
Y luego está la clave.
Nunca recuerdo la clave.
—¿Era 6969?
No.
—¿6906?
Tampoco.
—Prueba al revés.
La aplicación permite cuatro errores.
Yo suelo necesitar cinco.
Cuando no me acuerdo, acudo a Hicham. Pero Hicham tampoco se acuerda.
Así que solo me queda Juan Carlos, el de Bankinter.
Llamo a José, el taxista, y nos vamos a verlo. Tengo que hacerle una transferencia a Lore y, ya de paso, pedirle a Juan Carlos que me desbloquee, por enésima vez, la aplicación.
—A ver —dice Juan Carlos—. Escribe la clave.
La escribo.
—Ahora pulsa ahí.
—¿Dónde?
—En el ojo.
Hay un ojo diminuto junto a la casilla de la clave.
Lo pulso.
Los números aparecen.
—Así puedes ver si te has equivocado antes de aceptar.
Miro los números.
Luego miro a Juan Carlos.
—¿Y ese ojo estaba ahí?
—Siempre.
Resulta que durante todo este tiempo yo escribía la clave a ciegas. Me equivocaba, volvía a escribirla, volvía a equivocarme y seguía hasta bloquear la aplicación.
Juan Carlos me cambia la clave.
Salgo del banco con José.
La transferencia está hecha.
La aplicación funciona.
Y el ojo sigue allí.
leopoldo
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