Estoy en casa, en el Ventorrillo coruñés, esperando a José, el taxista.
Hoy vamos a Santiago.
Tenemos cita con un notario que me dará quinientos euros por una de las fincas de la herencia de mi padre.
Quinientos euros.
No parece mucho dinero para una finca.
Pero las herencias tienen estas cosas: uno recibe de los muertos tierras que apenas conoce y acaba cambiándolas por unos cuantos billetes.
De los quinientos, cien serán para José.
Quedan cuatrocientos.
Ya he hecho las cuentas.
Quiero guardarlos para Marruecos.
Iré con Hicham.
Chefchaouen me espera y, sobre todo, me espera su madre. Supongo que me recibirá bien. Al fin y al cabo, yo he recibido aquí a Hicham, a Miloud, a Ilias y a Osama.
Hicham y Miloud viven conmigo.
No se trata de llevar una contabilidad de estas cosas.
Pero uno, a cierta edad, empieza a saber que hay deudas que no se pagan con dinero.
También iremos a Marrakech.
Eso es imprescindible.
José estará a punto de llegar.
Yo sigo aquí, esperando, con una finca menos, quinientos euros todavía inexistentes y medio Marruecos ya gastado en la cabeza.
leopoldo
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