Todos los días, cuando termino de comer en el comedor social, Javi me espera sentado en el poyete de la entrada.
Lleva zapatillas de andar por casa.
Me apoyo en su hombro y echamos a andar.
Hasta mi casa hay veinte minutos.
Algo más si el cansancio se impone y tenemos que parar.
El otro día, en una de esas paradas, me dijo:
—Hay personas de las que se aprende mucho. Yo de ti he aprendido un montón.
—Y yo de ti, Javi.
Seguimos andando.
Por el camino me habla de su hija.
De su exmujer habla menos.
—Era una puta.
Y cambia de asunto.
Su hija le lleva comida y papel higiénico.
Javi tiene heridas en los pies. Por eso sale a la calle con aquellas zapatillas de andar por casa.
Al principio llaman la atención.
Después de conocerlo, ya no.
Vive de una pensión modesta y de los electrodomésticos que repara.
Es electricista.
Aunque lo de vivir de los electrodomésticos tampoco es del todo exacto, porque tiene la costumbre de regalarlos después de arreglarlos.
No parece un gran modelo de negocio.
A Javi no le preocupa demasiado.
Habla mucho de Alemania.
Vivió allí muchos años.
—Los alemanes son muy educados —me dice—. Jamás les oirás un «me cago en Dios».
No sé si será verdad.
Pero a Javi le gusta Alemania y algunas verdades tienen que ver con eso.
Ahora está en España.
Pasea.
Descansa.
Arregla electrodomésticos que luego regala.
Y todos los días, después del comedor social, se sienta en el poyete y me espera.
Luego caminamos hasta mi casa.
Yo apoyado en su hombro.
Él con sus zapatillas de andar por casa.
Veinte minutos.
Con paradas.
—Yo de ti he aprendido un montón —me dijo.
No le contesté del todo bien.
Quería decirle que yo también.
leopoldo
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