Devagar por los arenales de la playa de Montalbo.
Son las seis y media y está amaneciendo.
Voy desnudo.
Recojo una caracola con tintes vermellos y, poco después, una concha me abre el pie.
No importa demasiado.
El cielo también empieza a abrirse, con sus tonos rojizos.
Es la hora de la poesía.
Y el sitio.
Llevo recorridas dos playas. No hay nadie. Solo los pescadores, quietos sobre las rocas, y un perro vagabundo que anda por allí tan solo como yo.
Sueño.
Vivo.
Recito.
De pronto me paro.
Busco en la bolsita y saco un libro de Gil de Biedma.
Lo abro.
Él habla.
Yo asiento.
No siempre hace falta conocer personalmente a alguien para darle la razón.
Después decido bañarme.
Dejo el libro, la bolsita y la toalla en la arena y corro hacia el mar.
Me zambullo.
El frío me sacude el alma.
Nado para entrar en calor.
Una playa.
Y media más.
Cuando salgo estoy agotado.
Me tumbo e intento hacer planes para el resto del día.
Pero la poesía, que tiene algo de carpe diem y bastante poca consideración por las agendas, no me deja.
Desisto.
Vuelvo a la arena.
A las conchas.
Al mar.
Mañana queda demasiado lejos.
Saco de la bolsita el porro que he traído y lo enciendo.
El humo hace lo suyo.
Y entonces aparece la Paca.
No en la playa, naturalmente.
En mi cabeza.
La veo con sus hamacas, sus cremas y, algunas veces, aquellos libros de autoayuda que le recomendaba Javierito.
Sonrío.
Tengo a Gil de Biedma en la arena.
A la Paca en la cabeza.
El mar delante.
El pie herido.
Y todavía no son las ocho.
Insisto en la poesía.
Gracias, Gil de Biedma.
leopoldo
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