Cuando los mujaidines ejecutaron a leopoldo, Chemi ya estaba lejos.
El periódico se negó a pagar el rescate. La noticia ocupó unas columnas. Luego desapareció.
Chemi siguió trabajando.
Apareció en Irán pocos meses después. Decía que iba por libre. Vendía sus crónicas a distintos periódicos y no aceptaba exclusivas.
—Eso lo aprendí de mi hermano —explicaba.
En Teherán se movía con soltura. Tenía un contacto improbable: un muchacho que conocía los cafés discretos, los hoteles baratos y los despachos donde se tomaban decisiones. Gracias a él, Chemi consiguió algo que nadie tenía todavía: una entrevista con el nuevo presidente.
—¿Cómo lo has logrado? —le preguntaron desde Madrid.
—Escuchando —respondió.
Había aprendido árabe de joven, escuchando a leopoldo. Ese detalle abría puertas. También conservaba algunos de sus viejos contactos.
Las crónicas empezaron a circular. Eran secas, directas. Los editores las compraban sin demasiadas preguntas.
En las redacciones empezó a repetirse un apodo: “Dedos gordos”.
Nadie sabía muy bien de dónde venía. Algunos hablaban de sus botas militares. Otros de ciertas costumbres.
A Chemi no le importaba.
Vivía deprisa. Dormía poco. Bebía demasiado. Tomaba Sintrón para su cardiopatía, aunque no como debía.
—Una pastilla al día —le había dicho el médico.
Chemi tomaba varias cuando se acordaba.
Cubrió tres conflictos seguidos. Siempre regresaba con entrevistas improbables y fotografías que los demás no habían conseguido.
—Este tipo encuentra a cualquiera —decían en las redacciones.
En el Líbano logró su mayor exclusiva: una larga conversación con el jefe de los mujaidines.
La crónica se publicó en varios países.
Para entonces Chemi ya no podía volver con facilidad a su antigua vida. Su fama lo precedía.
Belén, su mujer, terminó cansándose.
—No quiero seguir así —le dijo.
Se marchó con un charcutero.
Chemi intentó detenerse durante un tiempo. Volver a una vida más tranquila. No duró mucho. El silencio le resultó extraño.
Volvió al frente.
Allí sabía cómo moverse.
Murió años después en Iraq. Algunos dijeron que lo capturaron. Otros que simplemente se acercó demasiado.
La noticia ocupó unas líneas.
Luego llegó otra guerra.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios