«¿Qué tal en la asociación?», le pregunté a Chemi.
«Bien. Es lo que toca».
«Somos todos de nuestra edad. Alrededor de sesenta».
«La mayoría por ictus, como el mío».
«¿Vas cada día?».
«Sí. Tres horas».
«La Pulga también va todos los días».
Me quedé un momento en silencio.
«Yo voy dos».
«Por el TCE».
«Una hora el lunes. Dos el miércoles».
Chemi no dijo nada.
«A veces me veo con quince», le dije.
«En la Alameda de Pontevedra».
«Un porro en la mano».
Sonreí apenas.
«Cantábamos: “Cuando tengo tabaco, todos vienen a mí”».
«Carlos Medina con la guitarra».
Chemi bajó la mirada.
«Cómo pasan los años», dije.
«Si fue ayer».
Pausa.
«Y ya han pasado veinte».
«Y treinta, en realidad».
Me corrigió: «Treinta».
«Sí», asentí.
«Treinta en duermevela».
El silencio se hizo más largo.
«Y ahora me despierto», dije.
«Y soy un viejo».
Chemi respiró hondo.
«Papá y mamá ya no están».
«Tú has tenido un ictus».
No respondió.
«Vicky tiene cáncer».
«Y Enriquito está cojo».
«Y deprimido».
Ninguno añadió nada.
«Y yo…», dije.
«Yo intento seguir».
Chemi levantó la cabeza.
«¿Cómo?».
«Como puedo».
«Luchando por no caer del todo».
Silencio.
leopoldo
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