«¿Dónde estamos?», pregunto.
Nadie se sorprende.
«En casa», responde uno.
«Nuestra casa».
Miro alrededor.
Desconocida.
Y, sin embargo, cercana.
Somos cinco.
«Compartimos piso», dice otro.
«Vendemos en la calle».
«¿De dónde sois?».
«Brasil», responden casi a la vez.
Asiento.
Conozco sus caras.
También sus nombres.
«Hoy cocinas tú», me dicen.
Entro en la cocina.
«Haré feijoada».
Nadie objeta.
Más tarde salimos.
«Vamos a Senvalos», dicen.
«A regularizar papeles».
Camino con ellos.
«Luego duermo un rato», digo.
Nadie responde.
Cae el sueño.
Despierto.
«¿Kiko?», digo en voz baja.
Miro el cuerpo.
Otro.
«Blanco. Más pesado».
Alguien se acerca.
«Te dejamos dormir aquí».
«Estabas cansado».
Asiento.
«Todos somos amigos», dice.
Silencio.
Me quedo quieto.
«Fue un sueño», digo al fin.
Pausa.
«Nunca he sido negro-árabe».
leopoldo
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