A las doce y media salió la procesión de Semana Santa de la iglesia del Ventorrillo, frente al comedor social.
Las figuras avanzaban con dificultad, esquivando adornos y estrecheces.
Abrían paso los curas, vestidos de blanco.
Detrás, la masa.
Entre ellos iba Pablo. Borracho. Con una navaja automática en la mano derecha.
Nadie reparó en él.
El primer navajazo fue para Elías. Ocurrió al final de la procesión. Sin ruido. Sin aviso.
Pablo murmuró algo en voz baja y siguió caminando.
Elías avanzó unos metros, malherido. Luego cayó.
Algunos vieron el cuerpo, pero nadie se detuvo.
La procesión continuó.
Pablo se desplazó hacia la parte delantera.
Allí colocó un artefacto en la imagen del Cristo.
Tiró de la anilla.
Se apartó.
Durante unos minutos no ocurrió nada.
Después, el estallido.
La procesión se rompió. Gritos. Caos. Restos en el suelo. Nadie entendía qué había pasado.
Don Severino, el párroco, resultó herido.
La policía municipal detuvo a Pablo en las inmediaciones.
En comisaría no explicó nada.
Se limitó a repetir la misma frase, una y otra vez.
Sin variar el tono.
Sin mirar a nadie.
leopoldo
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