Se despertó y se tocó la nariz.
Demasiado grande.
Siempre había sido chato.
Miró las manos.
No eran las suyas.
Las piernas, más delgadas.
Se levantó.
Fue al baño.
En el espejo lo vio claro.
Era su hermano Javier.
No había duda.
No gritó.
No se asustó.
Pensó.
La idea llegó sola.
Fue al banco.
Hizo una transferencia.
Treinta mil euros.
A su propio nombre.
Todo encajaba.
La firma también.
Nadie sospechó.
Al salir, no miró atrás.
No hacía falta.
Era Javier.
leopoldo
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