Ana salió agotada del médico.
Santi no se deja curar fácil.
Un papiloma en el pie.
Dolor pequeño.
Batalla grande.
—Se pone muy nervioso —me decía—.
No hay manera.
Ya tiene dieciocho años.
Cuerpo de hombre.
Pero sigue necesitando cuidado constante.
Yo lo echo muchísimo de menos.
Hablamos por teléfono todas las semanas.
Y entre frases rotas y palabras que se pierden, siempre aparece una que entiendo:
—Kiko.
Eso basta.
Entonces vuelven los paseos por el marítimo.
Los espaguetis.
Las tardes lentas.
Y pienso algo que nunca cambia:
Santi y yo pertenecemos al mismo lugar.
Discapacitados.
Gente frágil.
Los que necesitan más paciencia que instrucciones.
Por eso entiendo tan bien a los márgenes.
A los que viven un poco fuera del ritmo del mundo.
Putas.
Yonquis.
Trastornaos.
Y también nosotros.
Porque la fragilidad reconoce la fragilidad.
Ahora toca cuidar el papiloma.
Curas.
Higiene.
Evitar contagios.
Lo importante es que sane.
Y que siga diciendo «Kiko» cuando me escucha.
Con eso me vale.
leopoldo
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