En la Pontevedra vieja había un bar descuidado.
Pintado entero de rosa.
Por eso lo llamaban así:
la habitación rosa.
Allí se reunían yonquis, noctámbulos y gente que ya no esperaba demasiado.
Las mesas pegajosas.
El humo quieto.
Los dueños miraban sin intervenir.
Aquella noche estábamos Leopoldo María Panero, Jaime Gil de Biedma y yo.
Panero hablaba a ráfagas.
Versos sueltos.
Su madre Felicidad aparecía constantemente en sus palabras, como una obsesión antigua.
Gil de Biedma observaba más de lo que decía.
Elegante incluso en aquel lugar roto.
El humo subía lento.
La noche también.
Entre silencios y conversaciones fragmentadas, cada uno parecía buscar una forma distinta de desaparecer un rato.
El dueño nos dejó unas cervezas.
Ni sorpresa ni reproche.
Todo allí funcionaba así.
Sin preguntas.
Panero volvió a recitar.
Versos desordenados, hermosos a veces.
Gil de Biedma sonrió apenas y respondió con unos poemas dichos casi en voz baja.
Yo escuchaba.
La habitación rosa parecía suspendida fuera del tiempo.
Un refugio triste.
Después pagamos y salimos a la calle.
Pontevedra estaba húmeda.
Vacía.
Cada uno volvió a su noche.
leopoldo
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