Eran siete hermanos.
Y le tocó a él.
A leopoldo, el más joven.
No porque fuera el más fuerte. Ni el más preparado.
Porque era el que se atrevía.
Saldría al amanecer junto a Osamma, amigo de la familia.
El cielo empezaba a clarear cuando llegaron a la valla.
Hierro.
Concertinas.
Alambre.
Parecía el muro de una prisión.
Llevaban varias capas de ropa para protegerse de las cuchillas. Guantes gruesos. Dos pantalones. Tres camisetas.
No bastaba.
Nunca basta.
Llegaron arrastrándose.
El corazón golpeaba más fuerte que las botas de los guardias.
leopoldo empezó a subir.
Osama iba detrás.
De pronto se oyó un grito ahogado.
La concertina lo había atrapado.
Intentó soltarse.
Se clavó más.
La sangre apareció.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Osamma percibió un olor conocido.
El perfume de su madre.
El mismo que recordaba de niño.
El mismo que aparecía siempre en los momentos difíciles.
—Me he quedado enganchado —susurró—. Sigue tú.
leopoldo comenzó a bajar.
—No. Te ayudo.
Osamma negó con la cabeza.
—Hazlo por mí.
Al menos uno tiene que pasar.
Durante unos segundos ninguno se movió.
Dos amigos.
Dos muchachos.
Dos vidas suspendidas sobre una alambrada.
Luego leopoldo siguió.
Solo.
Osama acabó detenido.
Pasó por un centro de internamiento y terminó regresando al Magreb.
leopoldo también conoció los centros de detención, los interrogatorios y una orden de expulsión que nunca llegó a cumplirse.
Pero resistió.
Trabajó.
Aprendió.
Se integró.
Y desde entonces envía dinero a su familia todos los meses.
A veces la historia de una persona cabe entera en un instante.
Un amanecer.
Una valla.
Y un amigo diciendo:
—Al menos uno tiene que pasar.
leopoldo
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