Paseo de los gatos con Lore

Publicado el 14 de junio de 2026, 10:54

Por fin la Lore vino a A Coruña.

Y, como siempre que alguien a quien aprecio visita la ciudad, la llevé al paseo de los gatos.

Allí, junto al mar, viven decenas de gatos entre las rocas y la vegetación. Van y vienen sin hacer demasiado caso a la gente.

Pero no son ellos lo importante.

Lo importante es que es un buen lugar para pensar.

Caminamos despacio.

Yo llevaba días dándole vueltas a la herencia. A las fincas. A los abogados. A las llamadas. A todo ese mundo extraño que aparece cuando alguien muere y deja cosas detrás.

La Lore me dijo algo sencillo:

—Ten cuidado. Hay familias que se rompen por menos.

Y tenía razón.

Ya había tenido mis diferencias con Javierito.

Nada grave.

Pero suficientes para recordar que el dinero complica lo que antes parecía sencillo.

Aun así, sé que sobreviviremos.

Porque nos queremos.

Y porque hay afectos más antiguos que cualquier escritura notarial.

También hablamos de los Olmedo.

Uno de ellos defendía que una parte de la herencia debía ir destinada a la Iglesia.

Al principio me costó aceptarlo.

Luego pensé en todo el trabajo que había hecho durante años con el asunto de las fincas.

Y comprendí que las personas son más importantes que las ideas.

Al caer la tarde, llevé a la Lore al mexicano de Inés.

Allí siempre me siento en casa.

Entre platos, bromas y conversaciones interminables, volví a hablar del estrés.

Porque la herencia me tiene cansado.

La Lore se rió.

—Yo de eso me libro. No voy a heredar nada.

Y durante unos segundos todo pareció más sencillo.

Entonces hablamos de viajes.

De Italia.

De pizzas.

De vino.

De ciudades donde nadie nos preguntará por abogados, escrituras o impuestos.

Quizá un día vayamos.

Y cuando todo esto haya terminado, nos sentaremos en alguna plaza italiana a recordar esta historia.

Y nos sorprenderá comprobar que aquello que hoy parece enorme no era más que una preocupación pasajera.

Como casi todo.

 

 

leopoldo

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