Silla caída

Publicado el 14 de junio de 2026, 10:54

Por fin me instalaron la silla salvaescaleras.

La máquina llamada a reconciliarme con los escalones de mi portal.

El funcionamiento parece sencillo.

Dos flechas.

Una para subir.

Otra para bajar.

Luego vienen los detalles: desplegar el reposapiés, bajar los apoyabrazos, abrochar el cinturón y comprobar que todo está en orden.

El primer día fue un éxito.

Concentración máxima.

Ningún incidente.

Solo una conclusión importante: más vale comprobar que el mando tiene pilas.

Y ahí comenzó mi imaginación.

Porque al día siguiente la silla estaba arriba.

Me incliné para desplegar el reposapiés.

Y entonces ocurrió.

O mejor dicho: pudo haber ocurrido.

Caí.

De frente.

Escalón tras escalón.

Sin tiempo para protegerme.

La cabeza golpeando uno detrás de otro como una pelota lanzada por una escalera infinita.

Después, oscuridad.

Y luego el despertar.

Urgencias del CHUAC.

Trece camas.

Médicos corriendo.

Enfermeras atravesando la sala a toda velocidad.

Pacientes graves.

Vendajes.

Monitores.

La tragedia completa.

Por suerte, nada de eso sucedió.

Creo.

Porque la realidad es mucho más aburrida.

La silla funciona perfectamente.

Yo sigo entero.

Y no he visitado Urgencias.

Todavía.

Pero desde que tengo la silla no puedo evitar pensar en la facilidad con la que una vida puede cambiar de dirección.

Un descuido.

Una pila agotada.

Un mal apoyo.

Y de pronto todo vuelve a empezar.

Mientras tanto, seguiré utilizando mi flamante salvaescaleras.

Con prudencia.

Y vigilando las pilas.

 

leopoldo

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