Esta mañana intento tranquilizarme leyendo La hora de despertarnos juntos, de Kirmen Uribe.
Los vascos tienen algo que me gusta.
La sensación de que la vida merece ser contada incluso cuando se complica.
Leo unas páginas.
Luego vuelvo a pensar en el notario.
Y después regreso al libro.
Y otra vez al notario.
Así llevo toda la mañana.
A la una tengo que firmar un poder para Julia.
Un trámite sencillo.
O eso dicen.
La herencia paterna lleva tanto tiempo ocupando conversaciones, llamadas y preocupaciones que ya ha adquirido vida propia.
Parece un familiar más.
Ayer llamé a José-el-taxista.
Necesitaba que me llevara.
—No sé si podré acompañarte —me dijo.
Aquella respuesta me inquietó más de lo razonable.
Porque uno descubre con los años que hay personas cuya sola presencia aporta tranquilidad.
José es una de ellas.
También me preocupa otra cuestión.
El comedor social.
Si la gestión se alarga, quizá no llegue a tiempo para comer.
Anteayer me quedé sin almuerzo.
Y ayer todo el mundo comentaba lo buena que había estado la comida.
Hay desgracias más grandes, desde luego.
Pero cuando uno frecuenta un comedor social, aprende a valorar ciertas cosas.
Un plato caliente.
Una conversación.
Una rutina.
Por la tarde vendrá Cristina, la mujer de José.
Me ayudará con el ordenador.
A las cuatro y media tengo videoconferencia con Javierito, Julia y Venancio.
Otra vez la herencia.
Otra vez papeles.
Otra vez decisiones.
Y mientras tanto, yo sigo aquí.
Con un libro abierto sobre las rodillas.
Pensando en notarios.
Pensando en abogados.
Pensando en comidas que quizá me pierda.
Y preguntándome cuándo una herencia deja de pertenecer a los muertos para empezar a complicarles la vida a los vivos.
leopoldo
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