Estoy acelerado.
Mañana tengo notario a la una. Tengo que firmar un poder para Julia.
Después, videoconferencia con Javi, Julia y Venancio.
Nada extraordinario.
Y, sin embargo, llevo todo el día a tres mil revoluciones.
La culpa no la tiene la herencia.
Ni los abogados.
Ni siquiera el notario.
La culpa la tiene el móvil.
Ha decidido dejar de cargar.
Y me he pasado la mañana observándolo como si fuera un enfermo grave.
Conectándolo. Desconectándolo.
Mirando la pantalla cada cinco minutos.
Pensando qué haría si desapareciera para siempre.
Porque uno descubre ciertas cosas cuando se queda sin teléfono.
Por ejemplo, que ya no sabe vivir sin él.
Antes era distinto.
Llamabas desde una cabina.
Llevabas monedas en el bolsillo.
Esperabas.
Si alguien no estaba, no estaba.
Y punto.
Ahora una batería descargada parece una crisis existencial.
Al final hubo suerte.
Después de varias horas enchufado, apareció el milagro.
Cien por cien.
La vida volvió a tener sentido.
O algo parecido.
La Lore se ríe cuando le digo estas cosas.
Y con razón.
Cariño, no valgo para la vida moderna.
Nací para los libros, las cartas y las conversaciones largas.
No para las actualizaciones, los cargadores y las contraseñas.
Hace un rato le escribí a José-el-taxista para que mañana me lleve al notario.
Y me llamó al momento.
—¿Sabes lo que vas a hacer allí?
Hubo un silencio.
—Creo que sí —le respondí—.
Lo que no sé es qué voy a hacer con mi puta vida.
José se rio.
Yo también.
Porque a veces la única manera de soportar ciertas preguntas es convertirlas en una broma.
Aunque sospeches que esconden una verdad.
leopoldo
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