Íbamos a cobrar el 15 de junio.
Sesenta y cinco mil euros.
Las fincas.
La palabra llevaba meses girando alrededor de nuestras conversaciones.
Fincas.
Herencia.
Papeles.
Notarios.
Abogados.
Y cuando parecía que todo estaba listo, apareció un imprevisto.
Jacobo Rebolledo fue a Santiago para comunicar a la Catedral que una parte del dinero sería destinada a la Iglesia.
Cumplido el trámite, asistió a misa.
Y comulgó.
Jacobo pertenece a esa generación para la que la fe forma parte de la vida cotidiana.
Recibió la hostia consagrada.
Pero al tragarla ocurrió algo inesperado.
Se atragantó.
Intentó toser.
Nada.
Durante unos segundos, la situación dejó de ser solemne para convertirse en un problema muy humano.
Agua.
Aire.
Tiempo.
Finalmente, logró recuperarse.
Pero el susto fue considerable.
Y a continuación llegaron el mareo, la bajada de tensión y el desvanecimiento.
Lo llevaron a casa.
Y allí permaneció varios días recuperándose.
La edad no perdona.
Por prudencia, decidieron aplazar la operación.
El cobro ya no será el día 15.
Será el 22 de junio.
Una semana.
Solo una semana.
Pero cuando uno lleva meses esperando, una semana parece un siglo.
Así que seguimos igual.
Esperando.
Haciendo cuentas.
Imaginando proyectos.
Y descubriendo, una vez más, que las herencias nunca avanzan en línea recta.
Siempre encuentran una forma inesperada de retrasarse.
leopoldo
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