Estoy escribiendo un libro sobre los terapeutas de ADACECO.
Y soy feliz.
No solo por el libro.
También por las personas que estoy encontrando en el camino.
Porque los terapeutas trabajan con técnicas, protocolos y conocimientos especializados. Pero lo verdaderamente importante es otra cosa.
La humanidad.
He conocido médicos excelentes a lo largo de mi vida.
Pero los terapeutas ocupan un lugar distinto.
Son quienes permanecen.
Quienes enseñan a recuperar pequeños gestos que la mayoría damos por supuestos.
Levantarse de una silla.
Recordar una cita.
Volver a caminar.
Recuperar la confianza.
Volver a salir de casa.
Después de un daño cerebral, estas pequeñas conquistas se convierten en grandes victorias.
Jesy es psicóloga.
Trabaja con memoria, emociones y conducta.
Pero sobre todo trabaja con personas.
Tiene esa capacidad poco frecuente de hacer sentir al paciente comprendido.
Escucha.
Observa.
Acompaña.
Y logra que las dificultades parezcan un poco más llevaderas.
Luisana trabaja en terapia ocupacional.
Su labor consiste en demostrar que una limitación no tiene por qué convertirse en una condena.
Cuando una capacidad desaparece, busca otra.
Cuando una puerta se cierra, intenta abrir una ventana.
Y eso cambia vidas.
David trabaja el movimiento.
El equilibrio.
La fuerza.
La coordinación.
Con él, los pacientes vuelven a descubrir algo tan sencillo y tan extraordinario como caminar con seguridad o levantarse sin ayuda.
Y luego está Raquel.
La primera persona que uno encuentra al entrar.
Le pregunté qué palabra definía mejor ADACECO.
No tardó ni un segundo en responder.
—Humanidad.
Y creo que tenía razón.
Porque al final este libro no trata únicamente de daño cerebral.
Ni de rehabilitación.
Ni siquiera de discapacidad.
Trata de personas que ayudan a otras personas cuando la vida se rompe.
Y eso merece ser contado.
leopoldo
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