El diluvio del notario

Publicado el 23 de junio de 2026, 11:23

Ayer acudimos al notario.

Javierito.

Chemi.

Julia.

Un primo afortunado al que la herencia había tratado mejor que al resto.

Y yo.

Hacía calor.

Mucho calor.

De ese que vuelve lentos los pensamientos y tristes las caras.

Mientras esperábamos en la entrada, observé a los presentes.

Javierito parecía preocupado.

Chemi también.

Julia mantenía la concentración de quien sabe que tiene trabajo por delante.

Y yo intentaba aparentar normalidad.

Solo nuestro primo sonreía.

Tenía expresión de jesuita bondadoso.

Como si la Providencia hubiera decidido sentarse a su lado.

Antes de entrar, Kiko y yo hicimos bromas.

Era nuestra manera de combatir el nerviosismo.

—Como entren ahora unos atracadores preguntando por la herencia, estamos perdidos.

Nos reímos.

Y entonces ocurrió.

O al menos así me gusta recordarlo.

Se oyó un trueno.

Después, otro.

Y en cuestión de minutos comenzó a llover con una intensidad bíblica.

El agua golpeaba los cristales de la notaría como si quisiera entrar.

Los empleados corrían de un lado a otro.

Una gotera apareció sobre la mesa principal.

Luego otra.

Y otra más.

Los expedientes empezaron a ser trasladados de urgencia.

Un oficial apareció cargando carpetas como si estuviera salvando cuadros del Museo del Prado.

El notario mantenía una dignidad admirable mientras colocaban cubos por toda la oficina.

Nosotros observábamos la escena en silencio.

El primo seguía sonriendo.

Ni siquiera el diluvio parecía capaz de inquietarlo.

Durante unos minutos la herencia dejó de importar.

Las fincas dejaron de importar.

Los papeles dejaron de importar.

Solo existía aquella tormenta absurda inundando una notaría.

Y comprendí algo.

Las herencias parecen enormes cuando uno las piensa.

Pero basta una gotera para recordar que el mundo sigue funcionando por otros motivos.

Al final escampó.

Los cubos quedaron donde estaban.

Firmamos.

Nos despedimos.

Y salimos a la calle.

El primo seguía feliz.

Nosotros seguíamos preocupados.

Y el cielo volvía a estar despejado.

Como si nada hubiera pasado.

 

leopoldo

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