MIGUEL DESCUBRE GALICIA.
La Lore vino a A Coruña con su hijo Miguel.
Mi misión era sencilla.
Conseguir que ambos se enamorasen de Galicia.
Empecé por el Paseo de los Gatos.
No falla.
La Lore tardó exactamente treinta segundos en dejar de escucharme para ponerse a hablar con un gato atigrado que la observaba desde un muro.
Los gatos tienen un radar especial para detectar a las personas que los quieren.
Después los llevé al Cambalache.
Una pizza siempre ayuda a tomar decisiones importantes.
Miguel, prudente, observaba.
La Lore ya empezaba a decir cosas peligrosas.
—Aquí se vive muy bien.
Aquello era un avance.
Al regresar a casa, Miguel y yo nos sentamos a charlar tranquilamente mientras caía la tarde.
Al día siguiente tocaba programa cultural.
La Casa de los Peces.
El Museo de Arte Contemporáneo.
Y, como todo buen guía turístico gallego, terminé improvisando explicaciones que ni los propios cuadros parecían comprender.
Pero el verdadero objetivo del viaje estaba a unos kilómetros.
Santa Comba.
La famosa finca.
La parcela donde yo ya imaginaba dos casas prefabricadas.
Una para la Lore.
Otra para mí.
Ella editando manuscritos.
Yo escribiendo.
Mina patrullando el jardín.
Y los eucaliptos haciendo el resto.
El único problema era localizar el terreno.
Llevaba días estudiando planos.
Mapas.
Catastros.
Fotografías aéreas.
Conseguí perderme incluso antes de salir.
Al final tuve que llamar a Javierito.
Cinco minutos después sabía más del terreno que yo, que llevaba una semana investigándolo.
Hay personas que nacen con brújula.
Y luego estamos los escritores.
Cuando por fin llegamos, todo resultó mucho más sencillo.
Silencio.
Verde.
Aire limpio.
Miguel dejó de mirar el móvil.
Eso, hoy en día, equivale a una aparición mariana.
La Lore caminaba despacio.
Miraba los árboles.
El horizonte.
La finca.
Y yo ya me imaginaba organizando allí retiros para escritores, corrigiendo manuscritos por la mañana y discutiendo por la tarde sobre si una coma cambia o no el destino de una novela.
Para rematar el viaje, los llevé a los Ancares.
Pallozas.
Montaña.
Buen comer.
Buen beber.
Y la inevitable promesa de volver.
No sé si algún día la Lore dejará Barcelona.
Ni si Miguel acabará viviendo entre eucaliptos.
Pero durante unas horas ocurrió algo extraño.
Galicia hizo lo que mejor sabe hacer.
Entrar despacio.
Sin hacer ruido.
Y cuando uno quiere darse cuenta, ya está buscando casas prefabricadas por internet.
leopoldo
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