Miguel come conmigo en el comedor social de Boandanza.
Hoy me contó su vida.
Una de esas vidas que parecen varias.
De niño conoció la escasez.
Su padre, a pesar de las dificultades, hizo todo lo posible para que sus hijos estudiaran.
Cuando en España apenas tenían para vivir, la familia emigró a Alemania.
—Son educadísimos —me dijo—. Si allí oyen a alguien decir «me cago en Dios», pensarían que está enfermo.
Creció entre dos países.
Dos idiomas.
Dos maneras de entender el mundo.
Hoy repara televisores, radios y todo aparato que cae en sus manos.
Lo curioso es que muchas veces no cobra.
Los arregla.
Y los regala.
Sigue siendo un misterio de qué vive.
Aunque, viendo sus zapatillas de andar por casa, uno comprende que tampoco necesita demasiado.
Ha leído mucho.
Viajó mucho.
Y habla alemán y español con la misma naturalidad.
Pero antes de llegar hasta aquí dio muchas vueltas.
Un día me lo dijo con absoluta serenidad.
—Yo fui hasta heroinómano.
No buscaba dar pena.
Ni justificar nada.
Era simplemente una parte de su historia.
Consiguió dejar las drogas gracias a la ayuda de un médico alemán, que creyó en él cuando casi nadie lo hacía.
Hoy mantiene una buena relación con su familia.
—Ayer mi hija y su novio me sacaron a comer. De vez en cuando vienen a verme.
Lo dijo sonriendo.
Y comprendí que hay personas que han sobrevivido a casi todo.
A la pobreza.
A la emigración.
A la droga.
A la soledad.
Y, aun así, conservan la capacidad de agradecer un plato de comida y una conversación.
Por eso me gusta sentarme con Miguel.
Porque detrás del hombre tranquilo que desayuna en Boandanza hay toda una novela.
Y porque nunca sabemos quién está sentado a nuestro lado.
leopoldo
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