Espero no tener que cagar en el monte.
Es una de mis primeras preocupaciones.
La casa prefabricada que quiero instalar en Santa Comba tendrá que resolver cuestiones muy poco poéticas.
Permisos.
Agua.
Wifi.
Depósito negro.
El mundo rural tiene estas cosas.
Uno sueña con escribir entre árboles y termina pensando en saneamiento.
La finca me llega por herencia del difunto Javi el Bello.
Es urbanizable.
Eso ya parecía un milagro.
Mi casita sería pequeña.
Lo justo para escribir.
Mesa.
Cama.
Libros.
Y silencio.
Cerca estaría la casa Lore, mi editora, que me pagaría la finca con trabajo editorial.
No estaba mal el trueque.
Tierra por libros.
Ella editaría.
Yo escribiría.
Mina, su gata tigresa, patrullaría los alrededores con autoridad felina.
Hicham vendría los fines de semana desde A Coruña.
Plantaría tomates.
Zanahorias.
Y probablemente me explicaría que todo lo hago mal.
También soñaba con encontrarle a Miguel algún trabajo por la zona.
Algo tranquilo.
Algo suyo.
Lore estaba animada.
Miguel también.
Yo ya vivía mentalmente entre dos casas.
A Coruña, donde seguirá Hicham.
Y Santa Comba, donde estaría la escritura.
Quizá allí reduciría el hachís.
Lore me lo había pedido.
Y tenía razón.
Si uno quiere que el duende trabaje, conviene no tenerlo siempre anestesiado.
Todo pintaba bien.
Una finca.
Una casa pequeña.
Una editora cerca.
Un gato.
Unos tomates.
Y la posibilidad de vivir, por fin, como escritor.
Pero entonces llegaron las malas noticias.
Mi hermano Javier me dijo que tuviera paciencia.
Mucha.
Las fincas todavía no son mías.
Faltan notarios.
Papeles.
Tiempo.
Ese animal interminable que se llama herencia.
Y, ante el impás, apareció otra posibilidad.
Centrarme en la reforma de una casona destruida.
Una casa real.
Con paredes heridas.
Con trabajo por delante.
Mi hermano Javier me aconseja eso.
Olvidarme, de momento, de las fincas.
Dejar que pasen los años.
Que se revaloricen.
Que algún día valgan el doble.
La lógica es impecable.
Por desgracia, la poesía suele ser más impaciente.
Reformar la casona lo cambiaría todo.
Tiempo.
Dinero.
Cabeza.
Energía.
Y eso imposibilitaría, al menos ahora, el proyecto de la casa prefabricada en Santa Comba.
También lo de la finca de Lore.
Sintiéndolo mucho, queda congelado.
No anulado.
Congelado.
Que es una forma elegante de decir: espera sentada.
Me duele.
Porque yo ya había visto las casas.
El wifi.
Los libros.
Los tomates.
La gata mirando el mundo como si fuera suyo.
Pero habrá que obedecer a la realidad.
Otra vez.
Quizá la casona destruida tenga algo que decir.
Quizá sea allí donde empiece el verdadero libro.
Por ahora guardo Santa Comba en una carpeta.
Junto a los sueños aplazados.
Y sigo.
leopoldo
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