Eva tenía treinta años cuando la conocí. Había empezado a consumir drogas a los catorce y, con el tiempo, desarrolló una adicción a distintas sustancias. También sufría episodios psicóticos.
Su infancia había transcurrido sin una estructura familiar estable. Su padre estaba en prisión. Su madre, atrapada durante años en la heroína, se prostituía para sobrevivir.
Comencé a tratarla profesionalmente.
Después me enamoré de ella.
Aquello cambió nuestra relación y me situó en un lugar que nunca debí ocupar. Dejé de ser únicamente la persona encargada de acompañarla y terminé entrando en su mundo. Durante un tiempo incluso consumí con ella.
Eva hablaba de sus años de prisión con una naturalidad que inquietaba.
—Los porros estaban a la orden del día. Después empecé con la cocaína. En un año ya era politoxicómana y también había empezado a delinquir.
Su consumo fue aumentando. Llegó a plantearse viajar a Florida para probar el fentanilo. Yo seguía escribiendo y, con el dinero que conseguía, contribuía a pagar algunas de las sustancias que tomaba. Creía que la estaba ayudando a sobrellevar su situación, pero en realidad estaba sosteniendo su adicción.
Entonces le pedí ayuda a Lore.
—Lo primero es alejarla de las drogas. Conozco a una familia que puede ayudarnos. Eva, iremos a casa. Subirás a tu habitación y tendrás diez minutos para preparar la maleta. Después nos estarán esperando.
Lore insistió en que fueran diez minutos.
—Si te detienes y encuentras droga en casa, no saldrás de allí.
El proceso no fue limpio ni inmediato. Hubo recaídas, discusiones y momentos en los que parecía que todo volvía a empezar. Cinco años después, Eva había dejado las drogas.
La recuperación no fue obra mía. Tampoco ocurrió gracias a un único gesto. Eva salió adelante porque aceptó ayuda y sostuvo durante años un proceso difícil.
Desde hace una década enseña español y trabaja como psicóloga en una organización social.
En mayo nos casaremos por el Ayuntamiento.
leopoldo
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