La crisis del fentanilo ha transformado algunos barrios de San Francisco. Las imágenes muestran a personas inmóviles, dobladas sobre sí mismas o tendidas en las aceras. Sin embargo, detrás de cada una existe una historia que no puede reducirse a esa escena.
El fentanilo es un opioide sintético. Puede ser hasta cincuenta veces más potente que la heroína y cien veces más que la morfina. En el mercado ilegal aparece solo o mezclado con otras sustancias, a veces sin que la persona que consume sepa que está presente.
Su efecto es breve. El riesgo, en cambio, es extremo. Una cantidad muy pequeña puede detener la respiración y causar una sobredosis mortal.
Cuando se produce una sobredosis de opioides, puede administrarse naloxona. Narcan es una de sus marcas comerciales. La naloxona bloquea temporalmente el efecto del opioide y puede salvar una vida si se utiliza a tiempo. No devuelve a nadie a una «existencia miserable». Le ofrece la posibilidad de seguir viviendo y recibir ayuda.
La adicción no se frena únicamente con policía. Requiere atención sanitaria, tratamiento psicológico, vivienda, reducción de daños y acompañamiento social. También exige comprender por qué una persona llega a buscar durante unos minutos una salida que puede costarle la vida.
Quienes consumen no son seres humanos destruidos. Son personas enfermas, expuestas a una sustancia de enorme potencia y a unas condiciones sociales que agravan el riesgo.
El fentanilo no ofrece ningún cielo.
Su efecto pasa pronto. Las consecuencias permanecen.
leopoldo
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