El martes estaba trabajando en la sala de lectura de un centro social. Tenía el ordenador abierto y trataba de avanzar con uno de mis textos cuando apareció Javi.
Sacó un porro y lo levantó ligeramente. No necesitó decir nada.
Apagué el ordenador y salí con él. Nos sentamos en uno de los bancos de la entrada. Javi me lo pasó y me ofreció fuego.
Fumé tranquilo hasta que el filtro se desprendió. Javi se hizo cargo del incidente con una coordinación que yo contemplaba con cierta envidia. Terminó lo que quedaba y todavía me lo pasó un par de veces, explicándome con paciencia cómo debía hacerlo.
—Era bueno —dijo después—. Se nota.
Ahora, de vuelta en casa, he comprobado que no me queda hachís. Mi primera reacción ha sido pensar que, sin él, no podría escribir.
Esa idea me preocupa más que la ausencia.
Quizá esta crónica no sea tan insulsa como pensaba.
leopoldo
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