A la una y media vinieron a buscarme Ana y Santi. Íbamos a comer a la casa de Los Rosales, la misma en la que vivimos antes del divorcio.
—¡Kikooo! —gritó Santi al verme.
Subí al coche. Volver a aquella casa me producía una inquietud difícil de explicar.
Durante el trayecto recordé el viaje que Ana y yo hicimos a Marruecos. Después llegaron Julia y Santi. También los hospitales, las operaciones y los años en los que tuvimos que aprender a cuidar sin saber muy bien cómo se hacía.
Julia protegió a su hermano desde el principio. Nadie tuvo que enseñárselo.
En casa nos esperaba ella. Había preparado un arroz suelto y delicioso. El mío siempre se pega. También había ensaladilla rusa y calamares. Ana recordaba que me gustaban los chicharrones.
La comida transcurrió entre conversaciones y objetos conocidos. Algunas cosas seguían en el mismo lugar. Otras solo permanecían en mi memoria.
Después de mi traumatismo craneoencefálico, Ana me cuidó cuando yo apenas podía cuidar de mí mismo. El matrimonio terminó, pero aquello no desapareció.
Siempre estaré en deuda con ella.
A veces una familia cambia de forma y continúa siendo una familia.
leopoldo
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