Mi amigo José me ha reprendido por fumar demasiado hachís. También por hablar de ello en el blog como si fuera una excentricidad literaria.
Mi primera reacción fue defenderme:
—Solo fumo cinco porros al día.
Al escucharme, comprendí que la palabra «solo» decía más que el resto de la frase.
Además, no reparto el consumo a lo largo del día. Suelo fumar varios seguidos, hasta alcanzar un estado que llamo tranquilidad, aunque en ocasiones se parece más a la ausencia.
La verdad es sencilla: tengo una adicción.
La historia empezó durante mi juventud. Tomé durante mucho tiempo barbitúricos y ansiolíticos. Aprendí pronto que una sustancia podía ofrecer unos minutos de paz. Cuando desaparecía su efecto, buscaba otra.
Después llegó el hachís.
Hubo un momento en que pensé en probar la heroína. No lo hice. Acabé leyendo de manera compulsiva una guía turística de Turquía y, poco después, viajé a Antalya.
Luego llegaron India, Nepal, Marruecos, México, Cuba, Santo Domingo, Estados Unidos y varios recorridos en tren por Europa. Muchos de aquellos viajes los pagué con mi trabajo como periodista, aunque también conté con ayuda de mi padre.
Viajar se convirtió en otra forma de escapar. Era una huida distinta. Al menos me obligaba a mirar el mundo.
José tenía razón en algo importante: presumir del consumo convierte un problema en una broma.
Cinco porros diarios no son una rareza de escritor.
Son una dependencia.
leopoldo
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