Me desperté y Ana me comunicó que Santi todavía no había recibido una transferencia que le correspondía. Estábamos ya a finales de agosto.
Llamé a José y fuimos al banco. Utilicé parte de mis ahorros para enviarle el dinero.
Más tarde, Ana me explicó que la cantidad mensual había cambiado. Llamé a la oficina y me dijeron que debía modificar la transferencia periódica. Para hacerlo tenía que acudir de nuevo y firmar.
Otra vez José. Otra vez el taxi. Otra vez el banco.
Durante el regreso, entre bromas, dijo:
—El espíritu está en Bankinter.
—Sin duda —contesté—. En nuestra sociedad, el espíritu parece estar en el dinero. Y en el arte.
Después pensé que la frase era demasiado rotunda.
El espíritu no está en el banco. Sin embargo, el cuidado necesita a veces pasar por una cuenta corriente para convertirse en comida, vivienda, tratamiento o tranquilidad.
El dinero no ama. Su ausencia puede hacer muy difícil cualquier forma de amor.
El banco registró una transferencia.
Yo sabía que detrás había otra cosa.
leopoldo
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