Venía encontrándomelo toda la semana, a la vuelta del comedor social.
Miloud trabaja en el Ventorrillo, al lado de casa, haciendo reformas de albañilería. Un día lo encontré sentado en la cocina, comiendo.
—¡Saha! —le dije.
Levantó la cabeza y sonrió.
—Saha, Kiko.
Miloud es hermano de Ilias y de Hicham. Los Azlou. Una familia de trabajadores de esos que no necesitan explicar demasiado lo que hacen porque, cuando uno los ve, ya lo entiende.
Hicham anda pensando en dejar su trabajo.
—Estoy cansado, Kiko. Los jefes me agobian mucho.
—¿Y qué vas a hacer?
—Primero Marruecos. Contigo. Después, a la vuelta, montar un negocio.
Yo no lo veo tan claro.
—Un negocio da muchos problemas, Hicham. Tu trabajo es seguro.
—Ya, pero no quiero estar siempre así.
Tiene veinticuatro años. A esa edad quizá uno todavía pueda permitirse no pensar demasiado en la seguridad. Tiene una vida entera por delante para equivocarse, acertar y volver a empezar.
Yo, que ya he aprendido a desconfiar un poco de los grandes planes, lo escucho.
Los hermanos Azlou son trabajadores. Pero, sobre todo, son luchadores.
Basta recordar cómo llegó Hicham a España: cruzando el Estrecho a nado.
Se dice pronto.
Después vino lo demás. Trabajar. Buscarse la vida. Conseguir los papeles. Hacer sitio en un país que al principio no era el suyo.
A veces hablamos demasiado de integración y muy poco del cansancio que cuesta llegar hasta ella.
Miloud termina de comer.
—Mañana tengo obra temprano —dice.
—Pues duerme.
Se ríe.
Los Azlou no parecen gente que duerma demasiado.
Definitivamente, son unos tipos duros.
leopoldo
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