Son las cinco de la mañana y escribo.
No sé si esto es disciplina, insomnio o simplemente que a estas horas nadie llama por teléfono.
Estoy esperando a que se despierte Hicham.
—Mañana te llevo yo al Ágora —me dijo ayer—. Estreno coche.
Y así inauguramos una nueva dinámica: una vez por semana me acercará a la biblioteca en su flamante vehículo y yo me ahorraré los veinte euros de José, mi buen amigo el taxista.
José lo entenderá. O eso espero.
La Biblioteca Ágora tiene la buena costumbre de colocar las novedades justo a la entrada. Para alguien como yo, que camina lo necesario y no un metro más, es una deferencia.
Llego con mi bolsa de devoluciones y salgo con siete libros nuevos.
—¿Los vas a leer todos? —me pregunta Hicham.
—Naturalmente.
No sé si me cree.
Mi vida cultural se ha reducido bastante. Ahora consiste, sobre todo, en leer los libros del Ágora. Echo de menos los cineclubs de Madrid, aquellas películas que uno veía sin entender del todo y comentaba después como si hubiera comprendido hasta al director.
Veo alguna película comercial.
Cada vez menos.
En el Ágora tengo localizado a Javi.
Va todos los días.
—¿A leer? —pregunté.
—El periódico —me dijeron—. Y por la calefacción.
Perfectamente razonable.
A primera vista, alguien podría tomarlo por un mendigo. Siempre lleva zapatillas de andar por casa, la misma camisa roja de cuadros y unos vaqueros que parecen haber conocido épocas mejores.
Pero Javi cobra una pequeña pensión.
Lo cual vuelve a demostrar que las apariencias sirven, sobre todo, para equivocarse.
A veces lo veo sentado frente al periódico, muy serio, como si estuviera estudiando el estado del mundo.
Quizá lo haga.
Quizá simplemente esté caliente.
Las dos cosas me parecen motivos suficientes para ir a una biblioteca.
leopoldo
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