Hay mañanas en que uno abre el periódico y piensa que el mundo ha decidido ponerse desagradable antes del desayuno.
Trump y Netanyahu representan, para mí, una forma de poder que me inquieta: la política entendida desde la fuerza, el dinero y la seguridad, mientras los derechos humanos van quedando en una esquina, como una silla que estorba.
No necesito diagnosticar a nadie para decirlo.
Me basta observar.
Luego están las fronteras.
Ceuta.
Las personas que llegan desde Marruecos convencidas de que, al otro lado, existe una vida posible.
Algunos las llaman invasores.
Yo he trabajado demasiado con inmigrantes para utilizar esa palabra con facilidad.
He visto a gente llegar sin nada.
He visto también gobiernos utilizar el miedo, las fronteras y la desesperación como instrumentos políticos.
—¿Y qué hacemos? —me preguntó una vez un amigo.
—Empezar por recordar que son personas.
Parece poco.
Últimamente parece muchísimo.
El capitalismo salvaje tiene una idea muy sencilla: todo tiene precio.
El trabajo.
La vivienda.
La salud.
La frontera.
Incluso, algunas veces, la dignidad.
Yo sigo pensando que hay cosas que no deberían entrar en el mercado.
Quizá sea ingenuo.
A estas alturas puedo permitírmelo.
Lo que no quiero permitirme es acostumbrarme.
Porque el problema nunca empieza cuando alguien cruza una frontera.
Empieza mucho antes, cuando decidimos que la vida de unos vale menos que la de otros.
leopoldo
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