Quería mandar un texto a la Unión de Escritores y a mis contactos.
Nada extraordinario.
Lo escribí en Word.
Primer error: creer que, una vez escrito, lo difícil había terminado.
Entré en el correo, pegué el texto y comprobé que aparecía cortado, desplazado y con unos márgenes que parecían diseñados por un arquitecto bajo los efectos del LSD.
Volví a Word.
Copiar.
Pegar.
Lo mismo.
—Tranquilo, Kiko —me dije.
Reinicié el ordenador.
Milagro.
El texto apareció completo.
Pero entonces desapareció la opción de «Pegar».
—No puede ser.
Sí podía.
Reinicié otra vez.
Segundo milagro.
Apareció «Pegar».
El relato quedó por fin perfectamente distribuido en la página. Lo envié a la Unión de Escritores y después a mis contactos.
Satisfecho.
Hasta que recordé que ya había enviado antes la versión defectuosa.
La Unión de Escritores incluso me había contestado:
—Gracias por el relato. En unos diez días recibirá respuesta.
Es decir, habían recibido mi engendro tipográfico y, por educación, no habían dicho nada.
Conseguí mantener la calma.
Esto constituye un avance médico.
En otras épocas, una operación semejante podía terminar con quince correos enviados, diez equivocados, cuatro repetidos y uno correcto dirigido a la persona que no era.
Escribir a mano siempre me gustó.
También mi vieja Underwood.
Aquella máquina tenía una ventaja extraordinaria: cuando algo salía mal, sabía perfectamente quién era el culpable.
Yo.
Y para las erratas existía el típex.
El progreso no siempre mejora las cosas.
A veces solo añade contraseñas.
leopoldo
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