Paca en casa de Javi

Publicado el 14 de septiembre de 2026, 8:56

Lore está trabajando en la edición de Paca.

En la portada aparece mi madre con un aire afrancesado que le habría encantado.

O quizá habría dicho:

—Esa foto no.

Con Paca nunca se sabía.

El resultado será una novela escrita entre la memoria, la ficción y cierta prosa poética que se me escapa aunque intente comportarme.

Pero escribirla me ha servido para otra cosa.

He vuelto a hablar con mi madre.

No es que hubiera dejado de hacerlo.

Paca tuvo el mal gusto de morirse hace unos años, pero yo sigo contándole mis cosas casi todos los días.

—Mamá, estoy escribiendo sobre ti.

Me imagino perfectamente la respuesta.

—Ya podías escribir sobre otra persona.

En noviembre, mi hermano Javi quiere organizar una presentación en su casa de turismo rural.

Vendrá también Lore, mi editora, responsable de pulir el libro hasta dejarlo presentable y de discutir conmigo cada vez que considero imprescindible una frase que, según ella, no lo es.

Casi siempre gana.

Paca fue para mí una especie de Felicidad Blanc gallega y malagueña al mismo tiempo.

Afrancesada.

Culta.

Pianista.

Divertida cuando la ciclotimia le concedía tregua.

Y pésimamente bien educada.

Porque una cosa es tener educación y otra muy distinta someterse a ella.

María Francisca Cabanillas sabía comportarse perfectamente.

Otra cuestión es que quisiera hacerlo.

Se quedó embarazada demasiado pronto y después vivió sin demasiadas obligaciones económicas. Mi padre, el Bellocino, hizo pronto bastante dinero, al que se sumaba el cuantioso parné familiar.

Eso permite determinadas excentricidades.

Paca las aprovechó.

—Yo no he nacido para estas cosas —podía decir ante cualquier obligación doméstica.

Y probablemente lo pensaba de verdad.

Era apasionada.

Muy divertida.

A veces insoportable.

Tenía dos amigas importantes: sor Elvira y Lola Cuiña.

Amaba Málaga.

El sol.

El calor.

Y detestaba con notable constancia la lluvia de Pontevedra, ciudad en la que terminó viviendo junto a un marido que llegaría a ser conselleiro y vicepresidente.

—Otra vez llueve —decía.

En Galicia aquello no era exactamente una noticia.

Quería muchísimo a su sobrino Carlos y, en general, a todos los Cabanillas.

La familia era uno de sus territorios.

Con sus guerras, sus preferencias y sus fidelidades.

Ahora hay un libro.

Lo miro y pienso que quizá uno escribe sobre los muertos para seguir discutiendo con ellos.

Yo, al menos, lo hago.

—¿Qué te parece, mamá?

Silencio.

Conociendo a Paca, no estoy completamente seguro de que eso signifique aprobación.

Todo lo bueno que pueda haber en mí viene, en buena medida, de ella.

Lo malo es que prefiero seguir investigándolo.

 

leopoldo

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