Toute la journée.
Todo el día.
Eso es lo que llevo estudiando francés.
Y, a ratos, árabe.
Sigo la ruta de Lois Pereiro, aunque él no me haya pedido compañía.
Diccionario.
Cuaderno.
Francés.
Árabe.
Y vuelta a empezar.
Busco el lirismo en los idiomas.
La poesía, afortunadamente, no tiene pasaporte.
A veces estudio bajo la protección del hachís, circunstancia que probablemente no recomendarían en ninguna academia oficial de idiomas, pero que a mí me permite ciertas asociaciones lingüísticas de dudosa utilidad académica.
Lois Pereiro estudió francés y alemán.
Yo añadiría árabe.
—Lois, te falta uno —le diría.
Imagino que me miraría con esa cara suya de no estar demasiado impresionado.
—Prueba el árabe.
Ya la pronunciación parece un verso.
Después descubres que se escribe de derecha a izquierda.
—Esto sí que es vanguardia, Lois.
Vivo rodeado de cultura árabe.
En casa convivo con dos marroquíes y hacemos intercambio de idiomas.
—¿Cómo se dice esto?
Me lo dicen.
Lo repito.
—No.
Lo vuelvo a intentar.
Se ríen.
—Tampoco.
Al tercer intento mi dignidad lingüística ya está seriamente comprometida.
Yo les corrijo el español en venganza.
Y así vamos aprendiendo.
Me interesa su lengua, pero también su manera de comer, de recibir, de entender la familia y de situar lo espiritual dentro de la vida cotidiana.
Alguna vez incluso he rezado con ellos.
No porque crea en Alá.
Tampoco estoy demasiado seguro de creer en Dios.
Pero sí creo en ciertos gestos.
En detenerse.
En guardar silencio.
En repetir unas palabras que otros han repetido durante siglos.
Eso también eleva el alma.
Ellos cocinan para mí.
Yo les hablo de libros.
Intercambiamos palabras, comida, bromas, cultura.
Arte, cuando se puede.
—Kiko, prueba esto.
—¿Qué es?
—Tú come.
Como.
Generalmente está buenísimo.
Después volvemos a los idiomas.
Francés por la mañana.
Árabe por la tarde.
Poesía a todas horas.
Lois tenía razón en algo: aprender otra lengua ensancha el mundo.
Yo solo añado una cosa.
Hermano poeta, te faltó el árabe.
leopoldo
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