El primer día que Lore probó la cocaína —aconsejada, naturalmente, por leopoldo— descubrió una cosa terrible:
trabajaba muchísimo.
Una raya después del desayuno y diez horas delante del ordenador sin cansarse.
—Esto es fantástico —dijo.
—Eso dices ahora.
Por la mañana trabajaba como una posesa.
Correos.
Libros.
Presupuestos.
Correcciones.
Portadas.
A las dos de la tarde seguía teniendo energía para discutir conmigo una coma.
Pronto descubrió que colocada rendía el doble.
Y ahí empezó el problema.
—Solo por las mañanas —dijo primero.
Después:
—Bueno, una pequeña por la tarde.
Más tarde desapareció la palabra pequeña.
Lore iba como una moto.
Trabajaba por la mañana.
Trabajaba por la tarde.
Algunas noches también.
Dormir empezó a parecerle una pérdida de tiempo.
—Lore, tienes que descansar.
—Cuando termine este libro.
Nunca se termina un libro.
Para frenar por la noche aquel cerebro convertido en una imprenta industrial, apareció la heroína.
Según ella, esporádicamente.
La coca, en cambio, se había instalado con contrato indefinido.
Las drogas costaban dinero.
Mucho.
Pero Lore encontró una solución impecablemente capitalista: trabajar todavía más.
Cuantos más proyectos hacía, más ganaba.
Cuanto más ganaba, más podía gastar.
Cuanto más gastaba, más tenía que trabajar.
Un sistema económico perfecto.
Salvo por un pequeño detalle:
Lore se estaba destruyendo.
—Esto hay que pararlo —le dije.
Por una vez me hizo caso.
Un amigo mío la ayudó a dejarlo.
Y entonces apareció el verdadero drama.
Sin cocaína ya no podía trabajar dieciséis horas.
Ni aceptar todos los proyectos.
Ni contestar correos a las tres de la mañana.
—Estoy acabada.
—Trabajas ocho horas.
—Por eso.
Después vinieron otros tropiezos.
Pastillas.
Noches malas.
Alguna caída.
Un par de años bastante difíciles.
Pero Lore salió.
Ahora trabaja unas ocho horas al día, que ya me parece una barbaridad, y ha empezado a hacer deporte con su hijo Miguel.
—¿Y no echas de menos aquella época?
Me mira.
—Kiko, cállate.
Tiene razón.
Lore puede con casi todo.
Pero mejor que no tenga que demostrarlo.
leopoldo
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