La comedora de libros

Publicado el 19 de septiembre de 2026, 9:40

Lore recibía un libro nuevo en casa y no lo leía.

Se lo comía.

Primero lo aderezaba con sal y pimienta.

Después se tragaba el prólogo.

—¿Entero? —le pregunté una vez.

—Entero.

El aperitivo le abría el hambre.

A continuación, devoraba, cual Carpanta, los diez primeros capítulos.

Sin respirar.

Sin subrayar.

Sin tomar notas.

Nada.

Los capítulos restantes los engullía con algo más de calma, ya sentada frente al ordenador.

Entonces ocurría lo importante.

Todo lo leído empezaba a ordenarse dentro de su cabeza.

Personajes.

Ideas.

Errores.

Ritmo.

Estructura.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo.

Y empezaba a editar.

No necesitaba volver atrás.

El libro entero estaba ya en su materia gris.

Yo siempre sospeché que aquello no podía ser normal.

Y no lo era.

La semana anterior habíamos viajado a una aldea mexicana de la Selva Lacandona para entrevistarnos con Nilson.

Llegar hasta él nos costó dos aviones, un coche, varias horas de camino y una discusión sobre si realmente aquello merecía la pena.

—Como sea otro chamán de internet, me vuelvo —dijo Lore.

No lo era.

Nilson sabía cosas.

Nos recibió sin demasiada ceremonia.

—¿Qué queréis?

—Editar mejor —dije.

Lore me miró.

—Y más rápido.

Nilson asintió.

Todo tenía un precio.

El suyo, sorprendentemente, no era alto:

seis lampreas de Arbo secas.

—¿Seis?

—Seis.

No preguntamos por qué.

Hay negociaciones que conviene no estropear.

Nilson devoró las lampreas con verdadera aplicación y, a cambio, facultó a Lore para utilizar magia en sus procesos editoriales.

La única condición era sencilla:

—No podéis decir cómo funciona.

—¿Ni a quién? —preguntó Lore.

—A nadie.

—Perfecto.

Desde entonces, los manuscritos empezaron a multiplicarse.

Uno.

Tres.

Siete.

Diez.

Lore trabajaba cada vez más deprisa.

Y ganaba cada vez más dinero.

—Esto se nos está yendo de las manos —le dije.

—No exageres.

Mientras hablábamos, tenía cuatro novelas abiertas, dos ensayos pendientes y acababa de terminar un libro de poesía.

El sistema empezó a preocupar a otras editoriales.

Algunas no podían competir.

Otras contrataron consultores.

Nadie entendía nada.

Para despistar, Lore tomó una decisión inteligente:

—Voy a especializarme en Pensamiento y Filosofía.

—¿Por qué?

—Porque nadie sospecha de alguien que edita filosofía.

Tenía sentido.

Nilson, mientras tanto, había empezado a comercializar el sistema junto a Julio.

Con absoluta discreción, naturalmente.

El negocio creció.

Lore también.

Primero fue conocida en España.

Después en Europa.

Más tarde empezaron a llamarla desde otros países.

—Te estás convirtiendo en un referente mundial —le dije.

—Pásame la sal.

Seguía comiéndose los libros.

Era la parte del método que más le gustaba.

 

leopoldo

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