El día se acaba.
Espero a Hicham.
Tiene que traerme un kebab con patatas fritas y cinco porros.
Llevo todo el día trabajando como un mulo.
Y estudiando idiomas.
Creo que me merezco una cena árabe y un poco de medicina de la paz.
Pero Hicham no aparece.
Pasan de las diez.
El hambre tiene la mala costumbre de traer recuerdos.
Cuando trabajaba de periodista en Ribeira cené durante unos seis meses lo mismo:
espaguetis sin sal, mantequilla y queso.
No sé por qué sin sal.
A la mañana siguiente, un desayuno potente de cafetería ponía fin al ayuno.
Y vuelta a empezar.
Los fines de semana iba a Pontevedra a ver a mi madre.
Entonces me pedía una pizza cuatro estaciones.
Aquello ya era otra cosa.
Leía mucho.
Iba a la sauna.
Y algunas veces quedaba con mis amigos de Pontevedra, que vistos ahora componían una especie de película costumbrista.
Cada uno interpretaba su papel.
Supongo que yo también.
Sigo esperando a Hicham.
Pienso en Ribeira.
En los espaguetis.
En mi madre.
En la cuatro estaciones.
En aquellos amigos.
Y entonces se abre la puerta.
Hicham.
Trae el kebab.
Los porros, no.
—Yo creía que te los había traído Ilias.
Miro el kebab.
Son más de las diez.
Decido empezar por lo que sí ha llegado.
leopoldo
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