Ayer llamé por error a Ana Julia, de la Unión de Escritores.
Los errores telefónicos, de vez en cuando, sirven para algo.
Me dijo que cuando tuviera algún libro que presentar, ella me haría la presentación encantada.
Me viene de maravilla.
Ahora mismo tengo dos libros en la nevera.
Uno sobre mi madre, La Paca.
Otro sobre los terapeutas de Adaceco.
Así que llamé a Lore, mi editora, para darle la buena noticia.
Además, había salido una breve reseña biográfica sobre mi persona.
Yo estaba contento.
Lore, menos.
—No tengo demasiada confianza en las presentaciones —me dijo.
Lore piensa que un libro no encuentra lectores porque una tarde juntemos a veinte personas en una sala.
Probablemente tenga razón.
Lo cual resulta bastante molesto.
Yo sigo pensando que, en algún momento, hay que salir del universo íntimo en el que uno escribe y ponerse delante de gente que no tiene ninguna obligación de quererte.
Ni de comprarte el libro.
Mucho menos de leerlo.
A eso antes lo llamaba venderse al mejor postor.
Ahora no estoy tan seguro.
Quizá sea simplemente salir.
Ana Julia dice que me presenta.
Lore dice que una presentación no basta.
Y yo tengo dos libros en la nevera.
Habrá que sacarlos de allí antes de que se congelen.
leopoldo
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