Quieres divorciarte.
Dinero.
Publicar un libro.
Dinero.
Montar un negocio, atender a tus hijos, darles algún capricho, marcharte de vacaciones y olvidarte durante quince días de todo lo demás.
Dinero.
Siempre el puto dinero.
Uno se pasa media vida intentando convencerse de que las cosas importantes no se compran.
Y la otra media haciendo cuentas.
Pero voy a detenerme en lo de los libros.
Porque si alguien tiene intención de publicar uno, conozco a la editora perfecta.
La Lore.
Hay que pagarle, naturalmente.
Aunque tiene la rara virtud de saber esperar cuando uno no puede hacerlo.
Y mientras espera, trabaja.
Corrige.
Reescribe.
Ordena.
Y consigue que aquello que uno escribió como pudo termine pareciéndose bastante a lo que había querido escribir.
Con mi libro sobre La Paca ha hecho precisamente eso.
Lo hemos trabajado hasta dejarlo como merece.
Ahora queremos llevarlo a Zaragoza, donde Lore tiene contactos y esperamos encontrar lectores.
Porque escribir un libro es una cosa.
Conseguir que alguien lo compre es otra bastante distinta.
También tenemos pendiente la presentación en casa de mi hermano Javier.
Pero Javier se marcha de vacaciones en octubre.
Muy merecidas, por supuesto.
Así que habrá que esperar, como pronto, hasta noviembre.
Mientras tanto, yo ya estoy haciendo cuentas para Zaragoza.
El viaje.
La estancia.
Las comidas.
Y todo aquello que uno descubre que necesita pagar cuando creía que lo importante era simplemente presentar un libro.
La literatura es una actividad del espíritu.
Eso dicen.
Y yo estoy bastante de acuerdo.
Pero el espíritu no paga los billetes de tren.
Ni las imprentas.
Ni a las editoras.
Por mucho que sepan esperar.
Así que vuelvo al principio.
Puedes tener una idea magnífica.
Puedes escribir el libro de tu vida.
Puedes incluso encontrar a alguien que crea en él.
Después tendrás que publicarlo.
Y entonces, inevitablemente, aparecerá el dinero.
El puto dinero.
leopoldo
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