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Publicado el 18 de octubre de 2026, 16:19

Estoy esperando el autobús de Adaceco.

Mientras llega, estudio francés.

Vengo de la sala de lectura, de fumarme un porro con Javi y de pasar un buen rato entre libros.

Ahora me toca Adaceco.

Y, naturalmente, la poesía.

Jesy me espera.

Supongo que volveremos a hablar de mis costumbres.

—Cinco porros al día tampoco son tantos —le diré.

Imagino su cara.

Ella tiene sus razones.

Yo tengo las mías.

Y no siempre coinciden.

—Envidio tu trabajo, niña.

Se lo digo de verdad.

Aunque después pienso que yo contemplo su profesión desde un lugar bastante distinto.

Ella tiene la técnica.

Los conocimientos.

Esa distancia profesional que permite observar las cosas sin dejarse arrastrar por ellas.

Yo no.

Yo estoy dentro.

Con mi traumatismo craneal, mis dificultades, mis manías y mis ganas de seguir haciendo lo que me da la gana.

A veces me pregunto cómo me verá Jesy.

Supongo que como alguien que necesita ayuda.

Y no le falta razón.

Pero también soy el que estudia francés mientras espera el autobús.

El que escribe.

El que lee poesía.

El que discute sobre sus cinco porros diarios.

No siempre es fácil meter todo eso en una ficha.

Adaceco es una asociación que trabaja con personas con daño cerebral.

Yo soy una de ellas.

Y, aunque a veces discutamos sobre lo que me conviene, hay algo que quiero dejar escrito.

Me cuidáis de puta madre.

Gracias, Jesy.

 

leopoldo

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