Hay algo que no acabo de entender.
Los jóvenes estudian, trabajan, cobran sus mil euros —cuando los cobran— y descubren que independizarse es un lujo reservado a quienes pueden permitírselo.
Tienen edad para marcharse de casa.
Pero no dinero.
Y así continúan viviendo con sus padres, en habitaciones que creyeron abandonar para siempre.
Mientras tanto, los partidos hablan del futuro.
Del suyo, naturalmente.
Yo, que durante mucho tiempo creí que el PSOE representaba a la izquierda, contemplo ahora su desgaste con bastante desencanto.
El PP tampoco me parece capaz de ofrecer una respuesta convincente a las inquietudes de esos jóvenes.
Y, sin embargo, ahí están.
Con sus problemas de vivienda.
Con sus preocupaciones por la sanidad y la educación.
Con sus trabajos precarios.
Y con unas ganas perfectamente comprensibles de que alguien les explique cuándo empezará ese porvenir que llevan años prometiéndoles.
A veces pienso que de semejante desencanto podría surgir una nueva izquierda.
Más joven.
Menos resignada.
Aunque después recuerdo la facilidad con que las izquierdas se dividen, se enfrentan y terminan discutiendo entre ellas sobre quién representa mejor unas ideas que, en teoría, comparten.
No sé qué ocurrirá en las próximas elecciones.
Desconfío de los pronósticos, incluso de los míos.
Pero sí me pregunto qué sentido tiene hablar continuamente de renovación política si quienes deberían protagonizarla apenas encuentran sitio en la sociedad que van a heredar.
Los partidos seguirán negociando.
Pactando.
Discutiendo sus diferencias.
Y los jóvenes seguirán haciendo cuentas para saber si pueden alquilar una habitación.
Quizá el problema no sea únicamente de izquierdas o de derechas.
Quizá sea que llevamos demasiado tiempo hablando del futuro sin preguntarles a quienes tendrán que vivir en él.
leopoldo
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