Vengo del comedor social.
Me he fumado tres porros con Javi, el bajito.
Estoy claramente fumado.
Conviene reconocerlo.
Y, precisamente por eso, he decidido organizarme la tarde.
Reconducir la creatividad.
No caer en los apetecibles excesos.
Que uno ya tiene una edad.
Y hay que saber cortarse un pelo.
Aunque cueste.
Voy a contaros algo que descubrí hace muchos años y que me cambió la vida.
La poesía.
Así, sin más.
No la poesía de las rimas perfectas, los versos bien peinados y las palabras colocadas donde corresponde.
Otra.
Dislocada.
Sin rima consonante.
Con alguna asonancia, de vez en cuando.
Y con la vida entrando por donde le da la gana.
Os pondré un ejemplo.
Estoy navegando por internet.
Me excito.
Llamo a una prostituta.
Me indica dónde encontrarla.
Y entonces imagino otra voz.
La de una mujer que conoce demasiado bien ese negocio.
—A las chicas hay que tratarlas bien. Darles arrumacos, si hace falta. Y procurar que ningún cliente se pase de listo.
Hace una pausa.
—Porque hay clientes que pierden la cabeza. Y las manos. Para eso está el botón de alarma.
Después empieza a hablar de las mujeres que trabajan allí.
De las que tienen problemas de salud mental.
De las que consumen drogas.
De las que han llegado buscando una vida mejor y han terminado encontrando otra bastante distinta.
—Hay de todo —dice—. Como en todas partes. Pero aquí la miseria se ve de cerca.
Y se enfada.
—Luego vienen los de siempre, con sus discursos sobre la dignidad, la moral y las buenas costumbres.
—¿Y qué les dirías?
—Que dejen de tocar los cojones.
No parece una respuesta especialmente académica.
Pero continúa.
—¿Queréis humanidad? Pues dadles trabajo digno. Atención sanitaria. Ayuda social. Una posibilidad de salir de aquí si quieren hacerlo.
Se queda callada un momento.
—Y dejad de tratarnos a todas como si hubiéramos elegido libremente entre una vida maravillosa y esta.
Me habla de mujeres que envían dinero a sus familias.
A Colombia.
A otros países.
Mujeres que mantienen a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos.
Algunas consumen drogas.
Otras no.
Algunas quieren marcharse.
Otras no saben adónde.
—Cuando vuelven a sus pueblos —me dice—, llevan regalos. Una televisión. Dinero para la familia. Y todos las reciben como si fueran unas reinas.
Sonríe.
—Nadie pregunta demasiado de dónde ha salido todo aquello.
Después deja de sonreír.
—Perdona. Te dejo, que me voy a llorar.
Y ahí termina la conversación.
O el poema.
No estoy muy seguro.
Sigo sentado delante del ordenador.
Todavía fumado.
Había empezado la tarde hablando de poesía.
Y he terminado pensando en una mujer que se disculpa por tener ganas de llorar.
Quizá la poesía sea también eso.
No saber muy bien dónde termina la vida y empieza el verso.
leopoldo
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