La poesía no se gasta

Publicado el 18 de octubre de 2026, 16:19

La poesía no se gasta.

Se reproduce.

Es una gran folladora.

Y no utiliza preservativo.

Se mete en las camas ajenas, contagia su intensidad y desaparece antes del desayuno.

Es espíritu puro.

Aunque tenga ciertas debilidades de la carne.

A veces es homosexual.

Otras, simplemente, no pregunta.

Razonando, suele llegar al disparate.

Y cuando parece que va a decir algo sensato, cambia de asunto.

Es un invitado incómodo.

De esos que llegan sin avisar, se beben tu vino y terminan diciendo lo que nadie se atreve a decir en voz alta.

Excita a las señoras.

Incomoda a los señores.

Y rompe los moldes con una facilidad que ya quisieran para sí muchos revolucionarios.

Es iconoclasta.

Rupturista.

Y, según algunos, solo queda bien en los libros.

Hay quien decide vivirla.

No escribirla.

Vivirla.

Confunden entonces el exceso con la libertad, la destrucción con el talento y la desgracia con una forma superior de inspiración.

Algunos terminan mal.

Muy mal.

Pero la poesía continúa.

Es influenciable.

Se enamora de cualquiera.

Come almas.

Vive en el sexo.

Se reproduce incluso con marcapasos.

Fuma hachís como otros beben agua.

Es fuego.

Y hielo.

Duerme poco.

Cuando escribe, parece que vomita.

No siempre lo que sale merece la pena.

Pero sale.

Y eso, algunas noches, ya es bastante.

La poesía no cura.

Tampoco salva necesariamente a nadie.

No paga el alquiler.

No arregla las desgracias.

Ni convierte a los hombres en mejores personas.

A veces, incluso, los vuelve insoportables.

Y, sin embargo, cuando todo lo demás empieza a perder importancia, sigue ahí.

Inoportuna.

Desvergonzada.

Viva.

Porque a nosotros, los que todavía necesitamos crear algo para soportar el mundo, nos queda eso.

LA POESÍA.

 

leopoldo

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