Camarón.
Tomatito.
Y esa guitarra que parece saber de nosotros cosas que nosotros mismos ignoramos.
Empieza el cante.
«Tirititando de frío».
Después, la voz.
Rota.
Como si hubiera pasado la noche entera discutiendo con Dios.
Hay voces que se escuchan.
Y otras que se padecen.
La de Camarón pertenece a estas últimas.
Habla del amor.
De una boca que fue la perdición de alguien.
De una mujer que se marchó al alba.
De secretos compartidos que, una vez terminada la historia, ya no sirven para nada.
Y yo escucho.
Porque hay desgracias que uno prefiere oír cantadas.
Tomatito sigue con la guitarra.
No acompaña.
Conversa.
A veces contradice.
Otras parece consolar a quien está cantando.
Entonces llega una rosa.
Un vestido.
El pelo de una mujer.
Sus labios.
Sus ojos.
Toda esa geografía del deseo que el flamenco conoce desde hace siglos.
Y también la Virgen.
El niño entre sus brazos.
El cielo.
La suerte.
La inteligencia.
La vida entera metida en unas cuantas coplas.
No sé qué tiene esta música.
Quizá sea esa manera de decir las cosas más dolorosas sin pedir disculpas.
O de mezclar a Dios con una mujer, el amor con la desgracia y la muerte con las ganas de seguir viviendo.
El alma andalusí.
Eso pienso.
Aunque tampoco estoy seguro de que el alma tenga patria.
Camarón continúa.
Tomatito responde.
Y yo, que había puesto música para pasar un rato, termino escuchando como si alguien estuviera contándome mi propia vida.
Lareiro, liro, leiro…
No entiendo todas las palabras.
Pero hay cosas que se entienden mejor cuando dejan de explicarse.
leopoldo
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