Tajín

Publicado el 18 de octubre de 2026, 16:48

Los marroquíes tienen una manera bastante inteligente de cocinar.

Se llama tajín.

Y sirve tanto para nombrar el guiso como la cazuela donde se prepara.

El invento es de origen bereber.

Una fuente de barro, ancha y poco profunda, coronada por una tapa cónica que parece diseñada por un arquitecto con cierta afición a las chimeneas.

Pero funciona.

Y muy bien.

El secreto está en el vapor.

Sube.

Se condensa.

Y vuelve a caer sobre los alimentos.

Una especie de lluvia doméstica que impide que la carne se reseque y permite que los sabores se mezclen lentamente.

Porque el tajín no tiene prisa.

Se cocina a fuego lento.

Muy lento.

Algo que, en estos tiempos de comidas rápidas y vidas todavía más rápidas, resulta casi una provocación.

Puede prepararse con pollo, cordero, pescado, carne picada o verduras.

El de pollo admite limón confitado y aceitunas.

También ciruelas y almendras.

El cordero se lleva bien con los dátiles, los frutos secos y las especias.

El pescado agradece el tomate, los pimientos y la cebolla.

Y para quienes no comen carne están los garbanzos, las verduras y esa mezcla de especias llamada ras el hanout, que consigue que una cocina huela a Marruecos antes de que nadie se haya sentado a la mesa.

Hay tajines tradicionales de barro natural o cerámica decorada.

Y versiones modernas que funcionan incluso sobre placas de inducción.

La técnica cambia.

El principio sigue siendo el mismo.

Dar tiempo a los alimentos.

Dejar que se hagan.

Que absorban los aromas.

Que terminen pareciéndose unos a otros sin perder del todo su personalidad.

Quizá por eso me gusta tanto la cocina marroquí.

Porque todavía conserva algo que nosotros vamos perdiendo.

La paciencia.

Y porque, al final, uno levanta aquella tapa de barro y descubre que el tiempo también puede tener buen sabor.

 

leopoldo

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