Mi hermano Javier deja la empresa.
No es una noticia menor.
Se trata de la inmobiliaria que heredamos de nuestro padre, ya difunto, y que durante bastante tiempo ha conseguido complicarnos la existencia.
A mí me correspondió el setenta por ciento.
A Javier, el treinta.
Una distribución bastante precisa para una relación que nunca se ha dejado reducir a los números.
La empresa llevaba tiempo funcionando entre desacuerdos, discusiones y ese desorden tan característico de ciertos negocios familiares, donde resulta difícil saber cuándo se está hablando como socio y cuándo como hermano.
Finalmente, Javier ha decidido marcharse.
Mi abogado, Venancio, ha tenido bastante que ver en el asunto.
Javier no soporta que le digan lo que tiene que hacer.
Y mucho menos si quien se lo dice es el abogado de su hermano Leopoldo.
Tiene su orgullo.
Yo también tengo el mío.
Supongo que ahí empieza buena parte de nuestros problemas.
Pero la decisión está tomada.
Y a mí, francamente, me parece una liberación.
Hace tiempo que adelanté a mi hija Julia la herencia que le correspondía recibir de mí.
Será ella quien se ocupe de la empresa.
Confío en que pueda encontrar allí una seguridad económica que a mí nunca me ha proporcionado demasiada tranquilidad.
También pienso en Santi, su hermano, que tiene una discapacidad y necesitará apoyo.
Me gusta imaginar que Julia podrá ayudarlo.
No sé si nuestro padre habría previsto este desenlace.
Probablemente no.
Las herencias tienen esa costumbre: empiezan siendo una manera de transmitir bienes y terminan poniendo a prueba a quienes los reciben.
Yo he decidido apartarme.
De las discusiones.
De los negocios.
De esa obligación familiar de ocuparse de cosas que a uno nunca le han interesado demasiado.
Ahora quiero dedicar mi tiempo a los marroquíes que viven conmigo.
A enseñarles español.
A ayudarlos a encontrar su sitio.
Y a escribir.
Sobre todo, a escribir.
Porque a estas alturas de mi vida he llegado a una conclusión bastante sencilla.
Hay herencias que conviene conservar.
Y otras de las que uno necesita liberarse.
leopoldo
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