Empresario o escritor

Publicado el 18 de octubre de 2026, 16:48

He heredado el setenta por ciento de la inmobiliaria familiar.

Una fortuna, según se mire.

Y una condena, según quién tenga que administrarla.

He decidido dejarle mi parte a Julia, mi hija, que es abogada y trabaja en un despacho de Barcelona.

Por dos razones.

La primera, asegurarle un porvenir económico.

La segunda, librarme de la obligación de convertirme en empresario.

No sabría decir cuál de las dos me produce mayor satisfacción.

Seré, pues, un escritor pobre con una hija acomodada.

No está mal.

Hay quien se pasa la vida intentando enriquecerse para poder dedicarse, algún día, a lo que verdaderamente le gusta.

Yo he decidido ahorrarme el trámite.

Porque ser empresario, por mucho dinero que pudiera proporcionarme, sería para mí un suplicio.

Me imagino sentado ante un balance de resultados.

Ingresos.

Gastos.

Beneficios.

Pérdidas.

Lo leería con la atención que merece un documento tan importante.

Y después, junto a la firma, escribiría una sola palabra:

INTRASCENDENTE.

A continuación, cerraría la carpeta.

Tomaría un libro de Gil de Biedma y me pondría a leer.

Compulsivamente.

Después vendría Juan de la Cruz, con su misticismo sublime.

Y, para terminar de complicarme la existencia, Leopoldo María Panero.

Tres maneras bastante distintas de entender la poesía.

Ninguna especialmente recomendable para llevar una inmobiliaria.

Pero a mí me sirven.

Julia tendrá la empresa.

Yo tendré mis libros.

Ella se ocupará de los balances.

Yo, de las palabras.

Y cuando llegue el momento de hacer cuentas, espero que ninguno de los dos tenga motivos para arrepentirse.

 

leopoldo

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