Os voy a contar lo que pasó.
Compré una silla salvaescaleras.
No por capricho.
En mi edificio hay unos escalones antes de llegar al ascensor y, después de algún que otro descenso poco elegante, decidí que ya estaba bien de jugarme el tipo.
El primer mes funcionó de maravilla.
Me sentaba.
Pulsaba el botón.
Y llegaba sano y salvo.
Un pequeño triunfo de la técnica sobre la gravedad.
Pero la felicidad duró poco.
La silla empezó a fallar.
No giraba cuando tenía que hacerlo.
Se detenía a mitad de camino.
Y, una vez parada, había que convencerla para que continuara.
Lo curioso es que pronto advertí una coincidencia.
Cuanto más triste o preocupado estaba yo, peor funcionaba ella.
Como si no tuviera bastante con mis problemas.
Al principio pensé que era casualidad.
Después empecé a sospechar.
Aquella silla tenía algo personal contra mí.
Había una conexión evidente entre mi alma y su mecanismo.
Una relación complicada.
Como tantas otras.
Hasta que un día decidimos resolver nuestras diferencias.
Fue una lucha atroz.
Volaron tornillos.
Bombillas.
Y alguna que otra palabra que no figura en los manuales de instrucciones.
Yo defendía mi derecho a subir las escaleras.
Ella, al parecer, el suyo a permanecer inmóvil.
La técnica contra el espíritu.
El motor contra la voluntad.
La electrónica contra Leopoldo.
Finalmente vencí.
No voy a entrar en detalles.
Hay victorias que pierden dignidad cuando se explican demasiado.
La técnica lloró desconsoladamente.
Yo me senté.
Pulsé el botón.
Y la silla obedeció.
Desde entonces hemos llegado a un acuerdo.
Cuando Leopoldo quiere subir, sube.
Cuando quiere bajar, baja.
Nada de bloqueos.
Nada de paradas.
Nada de discusiones.
Ella sabe quién manda.
Yo también.
Aunque, por si acaso, sigo teniendo a mano el teléfono del servicio técnico.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios