Esta mañana estaba con Javi, fumando hachís frente al comedor social.
Una mañana como tantas otras.
A nuestro lado había un grupo de marroquíes.
Me fijé en ellos.
Y, sin demasiados preámbulos, me acerqué a uno.
—¿Me venderías cinco euros de hachís?
—Claro.
Así de sencillo.
Volví con Javi.
Probamos el hachís.
—Es mejor incluso que el de Juan —sentenció.
Javi tiene sus criterios.
Y, en estas cuestiones, suele defenderlos con bastante entusiasmo.
Yo también quise dar mi opinión.
—Un diez para tu hachís —le dije al improvisado camello.
—¡Claro! ¡Es de Marruecos!
Lo dijo entre aspavientos, con una felicidad que parecía deberse menos a los cinco euros que al reconocimiento de su tierra.
A mí me hizo gracia.
Llevo años fascinado por Marruecos.
Por su gente.
Por su lengua.
Por sus costumbres.
Y ahora resulta que también había encontrado un pequeño pedazo de aquel país a las puertas del comedor social.
Javi y yo continuamos nuestra tertulia.
Hablamos de nuestras cosas.
De la vida.
De lo que se nos ocurrió.
Hasta que alguien decidió que había llegado el momento de establecer un horario.
PORRO CON JAVI: 11.50 HORAS.
Así quedó fijado.
Una cita diaria.
Casi una obligación social.
—A ver quién me asegura que esto no es saludable —dijo Javi.
No le contesté.
La salud es un asunto demasiado serio para resolverlo entre dos caladas.
Pero la amistad tiene sus propias costumbres.
Y nosotros, a las once y cincuenta, tenemos una cita.
leopoldo
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