Muchos iban pensando en los besos que darían al llegar.
En quién estaría esperándolos.
En la cena.
En los hijos.
En esas pequeñas cosas que uno da por seguras cuando compra un billete de tren.
Otros regresarían a casa.
Algunos estarían empezando una vida.
Todos llevaban algo pendiente.
Y viajaban tranquilos.
Sentados.
Confiados en la técnica.
En aquella máquina capaz de atravesar el paisaje a doscientos kilómetros por hora sin que apenas se moviera el café.
Hasta que la técnica se sublevó.
O falló alguien.
O sucedió algo que todavía habría que explicar.
Y, de pronto, la muerte.
Cerca de Toledo.
El tren dejó de ser un tren.
Los cuerpos salieron despedidos.
El hierro se retorció.
Y aquellos viajeros que unos minutos antes pensaban en llegar empezaron a formar parte de una noticia.
Después vinieron las preguntas.
Las investigaciones.
Los fallos técnicos.
Los posibles errores humanos.
Las cifras.
Siempre las cifras.
Un superviviente, con el rostro marcado, dijo que había llegado el momento de pensar menos en el trabajo y más en los amores y en la familia.
No parece una conclusión extraordinaria.
Pero hay que sobrevivir a ciertas cosas para pronunciarla de verdad.
Yo pienso en la velocidad.
En esa necesidad que tenemos de llegar cada vez antes a todas partes.
Doscientos kilómetros por hora.
Una velocidad admirable.
Hasta que deja de serlo.
Quizá la técnica haya avanzado más deprisa que nuestra capacidad para comprenderla.
Quizá hayamos confundido el progreso con la prisa.
Y mientras buscamos explicaciones, pienso en Eva.
Sentada al fondo del ferrocarril.
Pensando en su amor.
No sé si llegó a decirle lo que quería.
Ni si tuvo tiempo de despedirse.
Eso es lo terrible.
Que uno puede pasarse la vida preparando el futuro y quedarse sin él en un instante.
Carpe diem, decían los antiguos.
Vive el momento.
Una recomendación bastante sensata.
Aunque difícil de seguir cuando tenemos tanta prisa.
Y entonces se me ocurre una barbaridad.
¿No sería el burro un medio de transporte mucho más adecuado?
Más lento.
Más terco.
Más humano, quizá.
Y ya puestos a elegir números…
¿No resulta el 69 bastante más interesante que el 200?
No sé.
Supongo que es mi manera de protestar contra una máquina que prometía llevarnos al futuro.
Y dejó a tantos sin mañana.
leopoldo
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